domingo, 24 de agosto de 2008

La cresta de las olas

Allí arriba en la cresta de las olas tengo los más dulces orgasmos contemplando tu hermoso rostro. Tus ojos fijos en los míos, tus dedos acariciando mi sexo, tu otra mano en mi pezón, y yo voy subiendo a la cresta de la ola que me salpica gotas con olor a salitre y me humedece más todavía.

jueves, 14 de agosto de 2008

HISTORIA DE CLOE (2ª parte)

Habían pasado muchos años en la vida de Cloe, demasiados días forjando una sonrisa que a veces le pesaba tanto como una losa pero consiguiéndola, sentía que todo tenía sentido; levantarse con una ilusión nueva, que ella misma era capaz de perpetrar, la hacía pensar que no era una perdedora, que no era cobarde, que tenía un lugar en el mundo.

Pero, desde hacía unos meses, esa sonrisa cada vez la costaba más y era incapaz de guardarse las lágrimas para sí misma; cada vez más tenía que desahogarse llorando por las esquinas como una posesa, incluso daba golpes a las puertas, patadas a las piedras y echaba a correr hasta que no podía respirar. Luego, todo pasaba y ella volvía a ser la misma.

Recordaba los instantes en los que su marido y ella habían tenido intimidad y se le revolvía el estómago. Forzar al sexo sin ganas era insoportable y, aunque ella trataba de comportarse y sentir como una fulana, no era capaz. Cuántas veces se imaginó saliendo de su cuerpo y traspasando el umbral de la razón para ser otra, hacer lo que otra haría y sentir lo que no era posible sentir. Pero no podía, ni para eso era capaz de valer.

Cuando llegaba el momento, recordaba los platos volando por la casa, los gritos, las amenazas, los insultos, las vejaciones e incluso, las veces en que ambos habían llegado a las manos, cosa ya bastante lejana, más que nada porque ahora ella tenía las de ganar y él era inteligente y lo sabía.

Y con esos recuerdos, su corazón se cerraba, su cabeza decía no y su cuerpo, ante tal fuerza, no reaccionaba más que con la frialdad.

Se había acomodado, no obstante, a esa vida y la soportaba como podía; tampoco hacía nada por cambiarla ni rompía con todo por la comodidad, el egoísmo y el miedo. Le aterraba dar el paso por si era todavía menos feliz; al menos, allí estaba segura. Tenía muchas cosas materiales e incluso había conseguido algunos amigos con los que pasar ratos agradables, qué más podía pedir.

Pero la vida, a veces, guarda una sorpresa.


Una tarde, de repente, le vió, sin esperarlo, sin darse apenas cuenta. Entró en el establecimiento de al lado de su trabajo y allí estaba él por primera vez. Sustituía a otro compañero y era su primer día. Él la miró de una manera especial y ella salió sonrojándose, con una rapidez y una energía que lo dejó con un palmo de narices sin apenas poder saludarla. Pero estaba allí y algo en el aire los envolvió.

Al día siguiente, Cloe se levantó de otra manera, casi no tuvo que forjar la ilusión de la mañana. Algo raro la ocurría sin saberlo pero se despertó, corrió a la ducha sonriendo y se arregló como siempre pero diferente. Tenía una energía que la elevaba a los cielos y no sabía por qué.

Se fue a trabajar, puso la música de su coche a todo trapo y bailó mientras conducía. Hacía mucho tiempo que no notaba esa alegría.

No tuvo que fingir su sonrisa porque le salía por sí sola; y Cloe correteaba en lugar de andar porque su cuerpo la llevaba en volandas. Nadie notó nada porque ella era siempre así, sólo que ahora todo fluía por sí solo.

A partir de ese día en que le vió por primera vez, siguieron otros. Él la miraba insistentemente, la hablaba con educación, la piropeaba. Ella disimulaba su turbación y sonreía, procurando que él no notase lo nuevo que resultaba algo así para ella.


Era una estupidez lo que la venía a la cabeza, lo que palpitaba fuerte en su corazón pero estaba ahí, no podía negarlo.

miércoles, 13 de agosto de 2008

HISTORIA DE CLOE (1ª parte)

(La historia es ficticia, cualquier parecido con la realidad es eso: parecido…..)


Sólo llevaba casada dos días y ya supo que se había equivocado. Tal vez, fue bastante dura consigo misma y con él, pero su forma de tratarla porque era incapaz de hacer el amor le había dolido tanto que no podía perdonarle.

Durante el tiempo de noviazgo, no quiso llegar hasta el final; por aquella época un embarazo antes de una boda era algo demasiado horrible para arriesgarse (eso es lo que le habían marcado desde niña). Y, pese a su deseo, su cabeza mandaba más que lo demás. Sin embargo, habían utilizado otras técnicas igualmente satisfactorias para liberarse de aquella lujuria cada vez más fuerte. A todos los efectos, se casó virgen, aunque sólo había quedado un resquicio muy pequeño que traspasar.

Pero, aquella noche, cuando a ella le dolió y él no aguantó más, sus palabras la hirieron más que el empujón que casi la hizo caer de la cama. Ella supo que, en ese momento, todo había acabado. Pero en lugar de decidir qué hacer, eligió la comodidad de señora recién casada, que quería tener hijos y no podía esperar a que otra persona apareciese en su camino.

Su marido no era demasiado guerrero -acataba sus negativas- ni ella una mujer sumisa que fingiese lo que no sentía, pero no podía negarse siempre a "cumplir" con lo que no quería, aunque las veces que intentó quedarse embarazada, lo hizo diciéndose a sí misma: “Es por amor, Dios, que todo salga bien, es por amor”, intentando convencer a su corazón distrayendo sus verdaderos pensamientos.

Poco a poco, como el sexo no iba acompañado de esa sensación romántica que ella deseaba y que no sentía, si no era un dolor de cabeza, era un cansancio inusitado o una hora intempestiva, pero el caso era desviar la atención de sí misma y que el otro se hartase de esperar.

A veces, miraba películas porno para ver si el deseo volvía e intentar disfrutar al máximo e, incluso, en ocasiones, lo lograba, su imaginación era bastante envolvente. Pero lo mejor era buscar el placer sola, consigo misma, como tantas veces había hecho desde niña. Quién mejor que ella para saber qué le gustaba, qué lugares debían tocarse y cómo. Si que es verdad que su marido estaba al tanto de estos detalles, ella nunca le ocultó sus gustos y sus placeres, y, si su corazón se largaba con viento fresco en esas noches en las que negarse hubiese sido demasiado dañino, llegaba a disfrutar. Pero, después, la vuelta y las lágrimas.

También hay que reconocer que Cloe se hacía daño a sí misma más de lo que los demás se lo hacían. Ni le gustaba su cara ni su cuerpo; nunca se atrevía a ciertas cosas por el pudor mal entendido que le hacía pensar que el otro pudiera quedar asqueado por lo que viera o lamiera, nunca se sintió lo suficientemente libre para hacer o que la hicieran lo que en el fondo le hubiese gustado. Pero si uno espera una palabra que no llega o un afecto que le quite esas ideas, el cuerpo se cierra en banda y no hay manera de cambiar.

Así, Cloe fue pasando cada vez más del sexo porque para ella no podía existir si no iba acompañado de amor, de ninguna de las maneras. Nunca deseó a alguien si antes no se había sentido atraída hacia él por un cariño especial y, por supuesto, sólo existieron estas aventuras en su imaginación porque jamás consumó fantasía alguna. Pero, cada noche, forjaba una nueva ilusión, un detonante que hiciera que su corazón triste y desolado volviese a bombear con fuerza. Y lo conseguía. Existían en su vida muchos motivos para conseguir no decaer: que no tenía o no creía tener ese amor que disparase todos sus sentidos, pues tenía a sus hijos, su trabajo, sus libros, su música, su alegría y su esperanza. No importaban ciertas cosas, ella las cambiaba en su cabeza y podía despertar tranquila y sosegada.

Un nuevo día, una nueva ilusión, una mañana soleada o lluviosa, qué importaba, el caso era despertar y esperar, algún día sería su día, sólo hacía falta tener paciencia. Y cuando llegase, ella lo sabría y lo cogería todo, sin culpas, sin sufrimiento, sin preguntas. Sólo dejaría que la vida llegase a ella y la hiciera feliz, como nunca lo había sido.