jueves, 31 de julio de 2008

El efecto de la música

No consigo comprender por qué algunas canciones o la música por sí sola, me afecta de una manera determinada; quizás la razón se explique en cómo tenga el cuerpo en ese momento pero, a veces, me da una crisis de llanto y se me caen unos lagrimones de espanto.

Cuando me ocurre, no me miro al espejo, no salgo de la habitación en la que esté o me escondo si estoy en el coche o en cualquier otro sitio para ver si se pasa. Si estoy en la calle me engancho a la nariz las gafas oscuras y respiro hondo pensando en nubes, en estrellas, en cielo raso o en mares embravecidos. Qué sé yo. El caso es que nadie note qué coño me está pasando.

No es algo de ahora pero sí es algo que cada vez es más fuerte. A veces, procuro pararlo antes de que comience, pero otras necesito que se dé en su plenitud para desahogarme y salir del agujero en el que esté metida, para que el corazón no duela, el estómago se relaje y las piernas me respondan.

¿Es una crisis que pasará? No tengo ni idea pero qué sentimientos tan raros, tan hermosos, tan horribles, tan alegres, tan tristes; qué felicidad, qué tristeza, qué energía, qué debilidad.

¿Alguien es capaz de explicarlo? Yo, al menos, todavía no.

martes, 29 de julio de 2008

La noche que no me asomé a mirar la luna

Una vez me dijo que esa noche la luna se pondría de color naranja, y me pidió que me asomara a mirarla. "Por supuesto que lo haré", pensé entre risas. Me imaginaba que él haría lo mismo y por eso me pedía que esa noche alzara la vista hacia la luna naranja.
Si te olvidas de la luna te castiga de por vida. Es una rencorosa. Esa noche me olvidé de ella, nunca supe de que color vistió sus galas, y ahora he de cargar con la pena de ver todos los días al hombre de los ojos verdes al que la luna despechada le dijo que no me amara.


Amiga, Pandora, nunca te olvides de la luna.

Encrucijada

No era la primera vez que lo pensaba y, posiblemente, no sería la última, aunque ella sabía que no se atrevería a hacerlo; tenía mucho miedo y, aunque no era cobarde pero tampoco valiente, no lograba dilucidar cuál de las dos conductas necesitaba inyectarse para lograr sus fines.

Cualquier otra persona seguro que no dudaría tanto, lo haría y ya está, pero ella no, siempre tan insegura, tan dubitativa.

Muchas veces, se dejaba llevar por un impulso y luego, se pasaba el resto del día dándole vueltas a lo que había hecho; el caso era no quitarse nunca la angustia, la zozobra, la incertidumbre.

Mientras caminaba, seguía buscando los pros y los contras de sus deseos, lo bueno y lo malo de sus pensamientos y el corazón le latía más fuerte a cada paso, casi a punto de explotar en algunos momentos. No sabía qué hacer. Se encontraba en una encrucijada, como siempre que tenía que decidir cualquier cosa, como siempre que tenía que luchar entre lo que le decía su cabeza y lo que deseaba su corazón.

Esperaría a mañana......

Encrucijada




No era la primera vez que lo pensaba y, posiblemente, no sería la última, aunque ella sabía que no se atrevería a hacerlo; tenía mucho miedo y, aunque no era cobarde pero tampoco valiente, no lograba dilucidar cuál de las dos conductas necesitaba inyectarse para lograr sus fines.

Cualquier otra persona seguro que no dudaría tanto, lo haría y ya está, pero ella no, siempre tan insegura, tan dubitativa. Muchas veces, se dejaba llevar por un impulso y luego, se pasaba el resto del día dándole vueltas a lo que había hecho; el caso era no quitarse nunca la angustia, la zozobra, la incertidumbre.

Mientras caminaba, seguía buscando los pros y los contras de sus deseos, lo bueno y lo malo de sus pensamiento y el corazón le latía más fuerte a cada paso, casi a punto de explotar en algunos momentos. No sabía qué hacer. Se encontraba en una encrucijada, como siempre que tenía que decidir cualquier cosa, como siempre que tenía que luchar entre lo que le decía su cabeza y lo que deseaba su corazón.

Las noches de las mujeres camaleónicas


Está cayendo la noche y las almas solitarias se preparan para salir con la intención de dejar de serlo unos instantes. Al acecho de esas horas de felicidad programada porque el tiempo apremia, cambian los colores de sus trajes, la expresión de su mirada y el rictus de su boca.
He visto esa transformación desde mi ventana durante noches de insomnio. Salen de casa mujeres, que apenas unos instantes entraron con expresión triste y preocupada, con la sonrisa en los labios. Muchas de ellas vuelven con una sonrisa aún mayor. No siempre.