Habían pasado muchos años en la vida de Cloe, demasiados días forjando una sonrisa que a veces le pesaba tanto como una losa pero consiguiéndola, sentía que todo tenía sentido; levantarse con una ilusión nueva, que ella misma era capaz de perpetrar, la hacía pensar que no era una perdedora, que no era cobarde, que tenía un lugar en el mundo.
Pero, desde hacía unos meses, esa sonrisa cada vez la costaba más y era incapaz de guardarse las lágrimas para sí misma; cada vez más tenía que desahogarse llorando por las esquinas como una posesa, incluso daba golpes a las puertas, patadas a las piedras y echaba a correr hasta que no podía respirar. Luego, todo pasaba y ella volvía a ser la misma.
Recordaba los instantes en los que su marido y ella habían tenido intimidad y se le revolvía el estómago. Forzar al sexo sin ganas era insoportable y, aunque ella trataba de comportarse y sentir como una fulana, no era capaz. Cuántas veces se imaginó saliendo de su cuerpo y traspasando el umbral de la razón para ser otra, hacer lo que otra haría y sentir lo que no era posible sentir. Pero no podía, ni para eso era capaz de valer.
Cuando llegaba el momento, recordaba los platos volando por la casa, los gritos, las amenazas, los insultos, las vejaciones e incluso, las veces en que ambos habían llegado a las manos, cosa ya bastante lejana, más que nada porque ahora ella tenía las de ganar y él era inteligente y lo sabía.
Y con esos recuerdos, su corazón se cerraba, su cabeza decía no y su cuerpo, ante tal fuerza, no reaccionaba más que con la frialdad.
Se había acomodado, no obstante, a esa vida y la soportaba como podía; tampoco hacía nada por cambiarla ni rompía con todo por la comodidad, el egoísmo y el miedo. Le aterraba dar el paso por si era todavía menos feliz; al menos, allí estaba segura. Tenía muchas cosas materiales e incluso había conseguido algunos amigos con los que pasar ratos agradables, qué más podía pedir.
Pero la vida, a veces, guarda una sorpresa.
Una tarde, de repente, le vió, sin esperarlo, sin darse apenas cuenta. Entró en el establecimiento de al lado de su trabajo y allí estaba él por primera vez. Sustituía a otro compañero y era su primer día. Él la miró de una manera especial y ella salió sonrojándose, con una rapidez y una energía que lo dejó con un palmo de narices sin apenas poder saludarla. Pero estaba allí y algo en el aire los envolvió.
Al día siguiente, Cloe se levantó de otra manera, casi no tuvo que forjar la ilusión de la mañana. Algo raro la ocurría sin saberlo pero se despertó, corrió a la ducha sonriendo y se arregló como siempre pero diferente. Tenía una energía que la elevaba a los cielos y no sabía por qué.
Se fue a trabajar, puso la música de su coche a todo trapo y bailó mientras conducía. Hacía mucho tiempo que no notaba esa alegría.
No tuvo que fingir su sonrisa porque le salía por sí sola; y Cloe correteaba en lugar de andar porque su cuerpo la llevaba en volandas. Nadie notó nada porque ella era siempre así, sólo que ahora todo fluía por sí solo.
A partir de ese día en que le vió por primera vez, siguieron otros. Él la miraba insistentemente, la hablaba con educación, la piropeaba. Ella disimulaba su turbación y sonreía, procurando que él no notase lo nuevo que resultaba algo así para ella.
Era una estupidez lo que la venía a la cabeza, lo que palpitaba fuerte en su corazón pero estaba ahí, no podía negarlo.
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3 comentarios:
Querida Pandora, creo que Cloe no ha perdonado a su marido y le guarda rencor por sucesos pasados. Si tanto daño le ha hecho él a ella, y sobre todo si sigue haciéndoselo, mas vale que Cloe lo deje. Parece difícil y lo es, pero a larga ella saldrá ganando.
Un abrazo muy fuerte,
Por cierto, no olvides darle zanahorias al conejito. Lo digo por nuestra mascota virtual, o ¿qué te pensabas?
Sí, Cloe tendrá que decidir, aunque necesitará tiempo. Ya veremos en el siguiente paso.
Y sí, le doy zanahorias al conejito, faltaría más.
Besos.
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